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GINER
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NOMBRE:
Martín Gonzalo Giner. 
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EDAD:
29 años. Nació el 21 de mayo de 1975 en Tres Arroyos,
provincia de Buenos Aires.
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ESTADO
CIVIL: casado con María Verónica Avellaneda.
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PROFESION:
director y escritor de obras teatrales. Está terminando la
Licenciatura en Teatro en la Facultad de Artes de la Universidad Nacional
de Tucumán.
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OBRAS:
escribió entre 10 y 12 obras, ocho de las cuales ya fueron
estrenadas. Entre ellas, “Terapia, comedia en tres sesiones
y un diagnóstico”, “75 puñaladas, el caso
de un sospechoso suicidio”, “Oniria, versión libre
de una pesadilla”, “El tramitante” y “Verduras
imaginarias”.
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HOBBY:
cultivar bonsais. “Pero no soy muy aplicado”, aclara.
A Martín
Giner todavía no se le va el acento bonaerense (nació en
Tres Arroyos). Vive en Tucumán desde los 12 años, cuando
su padre decidió instalarse aquí por razones laborales.
Recorrió numerosos establecimientos secundarios, pero lo que verdaderamente
le interesaban eran los talleres de teatro de Ricardo Podazza. Luego,
comenzó a escribir cuentos y a tramar -junto a su hermana- scketches
que presentaba en una Iglesia Evangélica, a la que asistía
con su familia. Siempre estaba presente el humor como canal de expresión.
Hoy lo sigue estando en sus obras teatrales (escribió una decena),
una de las cuales, “Terapia, comedia en tres sesiones y un diagnóstico”,
lleva más de un año en cartelera en Buenos Aires, aunque
bajo la dirección de Julián Cavero.
-¿Qué
es el humor?
-Una forma de decir las cosas. Podés expresar algo, pero que te
escuchen no depende de que sea cierto o no, sino de cómo lo digas.
En mi caso, trato de hacer humor inteligente. Se trata de una definición,
un rótulo, no de una pedantería, a la que recurro para señalar
que me propongo hacer reír, pero sin usar malas palabras, dobles
sentidos ni chistes que ya están hechos. Primero, algo tiene que
hacerme gracia, no lo pongo porque sé que es gracioso. El chiste
no tiene un funcionamiento mecánico: tal pie y tal remate no dan
necesariamente como resultado la risa.
-El humor
puede ser una poderosa crítica social...
-Sirve como herramienta para que te escuchen. Pero no me considero un
crítico social. Si ahondo en un tema o concepto es, simplemente,
porque a mí me gustan. Por ejemplo, en “Terapia...”
trabajé sobre los roles establecidos: “usted es el paciente
y yo, el doctor”. Nacemos así y, a veces, no hay posibilidades
de elegir. No obstante, no busco que el espectador lea lo que tengo en
la cabeza. El hecho de que escriba no me autoriza a decir qué está
bien y qué mal. Aunque suene egocéntrico, ahondo en lo que
me interesa y no con la intención de que la gente salga mejor persona
del teatro; no soy quién para cambiarles la vida. No persigo una
pretensión social reformadora.
-En cada
obra, ¿se propone reflejar la realidad?
-Sí, porque escribo aquí y ahora; la diferencia es cómo
relato, con otros espacios y personajes, no de forma tan evidente. El
teatro no tiene una función moralizadora, sí reflexiva,
en todo caso. Pero en el teatro ya no hay lugar para las moralejas. Me
obsesiona la idea de que la gente está atrapada en el rol que le
imponen; ese es el discurso social, que lo formamos todos y que se impone
a todos. Busco los personajes que están condenados a hacer lo mismo.
¿El crea esos condicionantes o está atrapado en ellos? ¿Qué
es primero: el huevo o la gallina?
-Ese sentido
de la fatalidad, ¿es por la situación argentina o cree que
pensaría lo mismo si viviera en otra realidad?
-Según uno de mis personajes, la humanidad está atrapada
en un círculo, que la obliga a volver siempre al mismo punto. Es
una mirada un tanto pesimista, pero trabajar con el humor da esa licencia.
Mis obras nunca terminan bien; mis personajes son oprimidos que no logran
insertarse, siempre están aislados. Será porque sufro esas
cosas y las exorcizo de esa manera. El hecho de compartirlas es una forma
de descarga, por eso me gusta recibir a la gente en el teatro cortando
las entradas. Es una forma de conversar con ellos. Esta visión
no cambiaría en otros sitios. En Estados Unidos, en Suiza o en
España, que hoy son las panaceas del bienestar, también
hay gente que la pasa mal: son expulsados sociales.
-Siendo
bonaerense, ¿qué le atrae de Tucumán? ¿Nunca
pensó en emigrar?
-No es tan malo irse. No obstante, aunque tengo ciudadanía española-argentina,
lo mío está acá. Tucumán me ofrece más
posibilidades que Buenos Aires. Como dramaturgo, puedo mandar obras por
e-mail. Aquí hay salas y público; nuestro trabajo es convencer
a la gente para que vaya al teatro.
-¿Cuál
es hoy la función social del teatro?
-La de ser un espacio al que la gente va, se siente, se entretiene, disfruta
y después piensa o reflexiona sobre lo que ofreció la obra.
Suele asociarse el humor y la comedia con lo banal, con lo que no es inteligente.
Incluso, mucha gente del ambiente cree que la comedia es un género
menor, que no está a la altura de otros, y que el reírse
no es de intelectual. Si es así, estoy muy contento de no ser un
intelectual.
Fuente:
La Gaceta |